El segundo disco de Carlos Madrid no es la típica réplica de un album debut, notable en su caso. No sigue una linea continuista ni tan siquiera se plantea cómo quiere sonar. Es casi un paréntesis, una muesca, un guiño. Es un disco conceptual y no lo es. Es autobiográfico pero impersonal. Es una declaración despechada de (des)amor. Porque Carlos ya solo habla de amor. ¿Acaso se puede hablar de otra cosa?
Es un album ambicioso, valiente. Con una producción austera y precisa, que no busca el alarde sino el detalle, dejando el papel principal a quien lo merece: las canciones. Diecisiete lo forman, estructuradas en 3 bloques separados entre si por el tema Los chicos no tienen razón, que dividida en sendas partes supone el antepunto al sonido del disco con un ramalazo más roquero y noise (milnovecientosnoventaycinco).
Porque Oh, Beatrice es un disco lleno de medios tiempos hirientes, predestinados a dejar poso. Este peculiar album de fotos nos habla de una ruptura, del dolor del recuerdo más que de la ausencia, de lo que pudo haber sido y quizás nunca estuvo ni tan siquiera cerca de ser.
"Requiem" Oh, Beatrice (El álbum de fotos de la nieve) (2011) Carlos Madrid
Este año va de discazos creados por tipos de aspecto cuanto menos peculiar. Bigott (Borja Laudo) podría ser el primo de Bonnie 'Prince' Billy pero sin embargo es aragonés, y muy orgulloso de serlo. Musicalmente se mueve en sonoridades americanas aunque menos country que su primo bastardo yankee. Digamos que es primo de Bonnie pero se lleva mejor con Devendra Banhart. A mi el termino "folkie maño" (me lo acabo de inventar) me parece bastante acertado para definir las delicias sonoras recubiertas de preciosos arreglos y bellas voces femeninas con las que Bigott da forma al que es su tercer disco, quizás el más directo y el más inspirado. Y es que las diez canciones que componen Fin, producidas por el omnipresente Paco Loco, apenas llegan a los veinticinco minutos. Pero que bien aprovechados!
Las guitarras casi tropicales y las palmas nos dan la bienvenida con Afrodita Carambolo para ir poniéndonos cómodos con She is my man, de curioso título pero de acierto indudable. Y es que la ironía en las letras es sello inconfundible del artista. Destacables siempre los hipnóticos coros y los elaborados arreglos que caracterizan cada una de las composiciones del album. Los coros, como no, sirven de introducción a la melodía casi cómica de Kinky Merengue. A estas alturas uno no sabe si está en Texas, en Calatayud o en alguna isla tropical. Pero la corta duración de los temas no nos da tregua y New York Seveille nos espera para acompañarnos a las calles de la ciudad más cosmopolita a ritmo de chanson. Embriagadora, soberbia. Y de nuevo, por enésima vez, geniales las voces femeninas en segundo plano. Después del arrollador comienzo, bajamos un poco el ritmo y la velocidad con la reposada Trois Je T'aime. Y si, en apenas algo más de diez minutos nos hemos ventilado la primera parte del disco.
Algora Campeón es un precioso homenaje a ritmo de vals al desaparecido Sergio Algora y sirve de punto de partida para la parte final del disco, que será igual de frenética y acertada que la primera. Sin apenas tiempo de volvernos a abrochar el cinturón, Walk the UFO nos atropella con su inquietante melodía, acentuada con la siempre grave e imponente voz de Bigott. ¿Os he comentado lo bien que le sientan a sus canciones una voz femenina? Otro ejemplo más, en este caso la voz de Muni Camón. Algo más optimista resulta el sonido de la guitarra acústica que presenta The Party, aunque algo atenuada por las voces tan graves, casi enfadadas. Oh Clarin es otro ejercicio reposado en esta ocasión de voz y piano embellecido en su parte final por un pedal steel que remata la faena de forma inmejorable. Otra guitarra acústica nos anuncia el final con The New Pornographers, donde la voz de Bigott suena más amable, más cercana, como despidiéndonos hasta la próxima. Aquí estaremos, no lo dudes.
Que monos son los niños cuando son pequeños. Juegan, ríen, te dicen por primera vez papa, te transmiten toda su energía positiva. También está el tema de los pañales y las noches sin dormir, pero se les perdona todo: al fin y al cabo acaban de llegar a este mundo. Luego crecen, dejan de ser tan adorables, crean su propia personalidad y (algunos) maduran. Y todo ese proceso no hace que les queramos menos, incluso es posible que nuestro orgullo de padres aumente al contemplar en lo que se han convertido. Y sí, intento hablar del tercer album de los británicos Arctic Monkeys. El de la madurez.
Sorprende pensar que Humbug sea obra de esos chicos cuyos dos primeros discos contenían trallazos de rabia punk uno tras otro, que sonaban descarados, frescos y casi improvisados. En este nuevo camino han tenido la colaboración en la producción del lider de Queens of the Stone Age, Josh Homme, que ha dotado al disco de una densidad desconocida hasta ahora para los británicos.
Y ya con My propeller, el primer corte, intuimos que esta vez los tiros van por otro lado. El sonido se antoja mucho más maduro, oscuro y pausado aunque sigue conservando la potente linea de bajo y las baterías como señas de identidad inequívocas. El tema presentación es un absoluto grower: se hace gigante con las escuchas. Sin duda Crying Lightning es uno de los singles del año y fue una auténtica sorpresa encontrar a unos Monkeys más reposados buscando sonoridades más profundas sin perder ni un ápice de interés para el oyente. Lo dicho, temazo.
Dangerous Animals me evoca una serie de imágenes que me hacen imaginármela como banda sonora de una película de vampiros de serie B, en la que, obviamente, solo se salvaría la música. Otra muestra de que pueden sonar oscuramente enérgicos.
En Secret Door la batería vuelve a ponerse en el papel protagonista en un tema en el que irremediablemente Alex Turner y cía nos recuerdan más que nunca a The Smiths y su vena más dramática. El tema que más nos devuelve a los Arctic Monkeys de los dos primeros discos es Potion Approaching, que tiene todas las papeletas para ser futuro single. Otra de las canciones más sorprendentes de Humbug es Fire and the Thud, que comienza con unos coros y una melodía calmada que no hacen presagiar una parte final eléctrica, casi sucia. De lo mejorcito del disco.
Cornerstone nos devuelve a sonoridades más limpias, con una melodía agradable y hasta optimista que, de nuevo, nos remite a Morrissey y cía, esta vez a su ramalazo más pop.
Y entramos en la recta final de un disco que se escucha del tirón con mucha facilidad a pesar de su densidad y con el que en todo momento se tiene la sensación de estar escuchando no solo un gran disco, sino el disco que va a marcar el futuro de la banda. Creo que habrá un antes y un después de Humbug para los Arctic Monkeys: habrá quienes se bajen del barco y habrá muchos otros que al fin los dejarán de ver como el típico hype venido de las islas británicas que con 2 discos han dicho todo lo que tenían que decir. Y a esta reflexión ayudan canciones como Dance Little Liar. De la inmediatez a la que nos tenían acostumbrados hemos pasado a temas que perduran, de los que dejan poso y concretamente en este caso la voz de Turner suena más creible y carismática que nunca. Otro de los temazos del disco.
Casi llegando a la meta rescatamos las guitarras rabiosas en Pretty Visitors con una melodía y estribillo que fijaremos con facilidad, y con un final de lo más punk, casi hardcore. Este estadio hacia la madurez termina con The Jeweller's Hands, la canción con la que ponen todas las cartas sobre la mesa y que supone una declaración de intenciones sobre lo que los Arctic Monkeys pueden ofrecer de aquí en adelante. Intuyo que algo grande.
Y basicamente así es como, a pesar de que ya no jueguen como antes ni sean tan divertidos, logramos sentirnos mucho más orgullosos de nuestros retoños y por qué no, los queremos más si cabe. Y además nos olvidamos del tema pañales.
Se auto-define como silbador profesional. Además toca el piano, el violín, recientemente aprendió a tocar la guitarra y sus raíces están en una banda de jazz que se dedicaba a re-interpretar clásicos de swing de los años 30. Cuando se lanzó en solitario metió en una coctelera todo lo aprendido y los más delicados elementos del pop y del folk contemporaneo para conseguir una fórmula casi única. Andrew Bird nos regala catorce nuevas canciones que conservan el preciosismo de su anterior joya, Armchair Apocrypha (2007), aunque no logran alcanzar su virtuosismo. Pero es que el listón estaba muy alto.
Es obvio decir que con los ingredientes anteriormente mencionados Noble Beast no es un disco de digestión inmediata: necesita varias y reposadas escuchas para lograr sacar todo el jugo que en él se encierra. Los delicados arreglos y los característicos silbidos de Bird dotan a las canciones de un sonido casi clásico que complementan a la perfección con las melodías pop, como en la maravillosa Masterswarm, la masterpiece del disco. Oh no abre el disco de forma inmejorable, sirviendo de muestra de lo que nos vamos a encontrar en el resto del disco, es decir, pop elegante lleno de matices que iremos descubriendo conforme nos vayamos familiarizando con los temas. Y es que el disco se convierte en una especie de carrousel que nos va transportando sin demasiado esfuerzo por unos paisajes sonoros de lo más agradables: Effigy y su belleza dramaticamente americana, la fuerza pop contenida de Fitz & Dizzyspells, los evocadores arreglos en Anonanimal, la calmada Natural Disaster, ...
Quizás cae algo en la autocomplacencia alargando en demasía algunos temas lo que hace que la duración del disco exceda ligeramente de lo recomendado para un disco de pop. Pero eso es solo si no tienes la tentación de embriagarte con las maravillosas melodías de este pájaro silbador que es capaz de hacerte viajar sin moverte del sillón. Tan solo apaga la luz y sube el volumen.
Si hay algún disco de este 2009 que ha levantado una expectación por encima de cualquier otro ese sin duda es Romancero, el esperado y controvertido debut de La Bien Querida.
¿Controvertido? En cierto modo si. Las composiciones de Ana Fernández-Villaverde ya circulaban desde hace un par de años en la red en forma de maqueta que ella misma se encargó de distribuir a través de su myspace, y gracias a la cuál consiguió convertirse en una especie de hype indie nacional sin ni tan siquiera haber editado un disco y apenas haber dado algún concierto. Bueno, gracias a la maqueta y a haberse rodeado de la gente idónea (Antonio Luque, J de Los Planetas) en el momento adecuado.
A primera vista, el oyente de a pie se puede encontrar con dos inconvenientes difíciles de superar: uno es la producción de las canciones, que a cargo de David Rodríguez (Beef, La estrella de David) puede resultar excesivamente barroca y cargante por momentos; y dos, la aparente apatía en la voz de Ana que en ocasiones da la sensación de haber grabado las canciones recien levantada y con la peor de las resacas, con el piloto automático activado y carente de emoción alguna.
Salvado este "pequeño" escollo, lo cierto es que nos encontramos con un muy buen disco, lleno de guiños al pop de toda la vida (a Family en Corpus Christi) y con muchos aires arabescos-andaluces que en ocasiones nos trasportan muy cerca de Sr.Chinarro (como en El zoo absoluto) o a las melodías más planeteras (Santa Fe).
Quizás en el caso de La Bien Querida la sobreexposición mediatica, entendiendola como tal en el mundo independiente, ha jugado en contra de Romancero, que ha recibido críticas tanto desmesuradamente malas como sobrevaloradamente buenas. Sin embargo, yo soy de la opinión de que ni es el disco mesias que llevabamos años esperando ni es como para sentenciarlo y crucificarlo sin someterlo a un juicio justo. Disfrutemoslo y Dios dirá...
"De momento Abril" Romancero (2009) La Bien Querida
El nuevo disco de Beirut, o lo que es lo mismo, Zach Condon es un pequeño pupurrí de dos EP’s que uno no sabe muy bien a que cuento vienen y mucho menos el por qué de su presentación conjunta. El proyecto inicial fue el de editar dos EP por separado, uno como Beirut y otro bajo el sobrenombre de Realpeople, algo que adquiere por completo su lógica al escuchar el disco.
March of Zapotec es el título de la primera parte de esta extraña propuesta de disco, en el que el joven Zach continúa exprimiendo el sonido Beirut, ésta vez inspirado en la música folclórica de Méjico, aunque a veces de la sensación de haber sido seducido por algún pasodoble de alguna plaza de toros española. De esta primera parte se salva La Llorona, un tema a la altura de sus mejores composiciones. Sinceramente no creo que quede mucho más para el recuerdo de esta primera tanda de canciones, en las que predominan pasajes instrumentales y sobrecargadas producciones (aunque algunos dirán que como siempre) faltas de emoción. Silencio y tímidos pitos en el coso.
No mucho más inspirada encuentro la segunda parte, que bajo el pseudónimo de Realpeople nos presenta Holland, cinco canciones que nos muestran a un artista inquieto que busca en la electrónica nuevas vías de desahogo compositivo. My night with the prostitute from Marseille (¿Dónde he escuchado yo antes este tema?) es una de las más acertadas del lote. My wife, lost in the wild y su ritmo cansino tampoco estará entre nuestras favoritas en ningún recuento. Cumplen con el expediente sin embargo la preciosista Venice y The concubine, uno de los temas más recurrentes del disco para terminar el viaje con No dice, con su ritmo disco ochentero y con unas ganas tremendas de perdonarle a Zach Condon este pequeño traspiés. Silencio sin más.
"La llorona" March of Zapotec/Holland (2009) Beirut/Realpeople
Los británicos Depeche Mode son uno de los mayores causantes de la implantación de la música electrónica en la música popular. Su contribución fue impagable en los años 80 y sobre todo a comienzos de los 90, con el lanzamiento de Violator y Songs of faith and devotion, discos referencia de la historia de la música contemporánea. Sin embargo a pesar de su ya larga y accidentada trayectoria son uno de los grupos que mejor han sabido adaptarse a los tiempos que les han tocado vivir y en cada uno de sus discos no han dejado de lado el riesgo y la innovación como materias primas para sus temas. Con el lanzamiento de Sounds of the universe, su duodécimo disco de estudio, continúan en la búsqueda dando una vuelta de tuerca más a su discografía.
De partida, se me antoja un disco más meditado, de mayor empaque que su predecesor Playing the angel. Los discos de Depeche Mode suelen ir precedidos por un single impactante, acompañado de su correspondiente videoclip marca de la casa. En este caso se trató de Wrong, un tema con un marcado sonido industrial que nos sorprendió a muchos por una crudeza y oscuridad que no esperábamos a estas alturas. Primer punto a favor de Sounds of the universe.
Un compendio de capas y más capas de ruidos sonoros es la tónica dominante de un disco que apenas tiene potenciales singles, a diferencia de muchos de sus anteriores lanzamientos. Las canciones son de digestión lenta, y en cada nueva escucha un nuevo detalle llama la atención del oyente. Destaca la utilización de sintetizadores analógicos y cajas de ritmos de hace décadas, que dotan a algunas canciones como la inicial In chains de un aire retro-futurista de lo más impactante. Algo parecido a lo que encontramos en Fragile tension, uno de los temas más destacados junto con In sympathy, que contiene uno de los pocos estribillos reconocibles del disco. Come back es la única aportación compositiva destacable de Dave Gahan al conjunto en contrapunto con las olvidables y mediocres Hole to feed y Miles away. Sin embargo es justo reconocer que la interpretación vocal de Gahan raya a un altísimo nivel, digna de uno de los mejores singer/frontman de las últimas décadas.
Como última reflexión y después de muchas escuchas a este Sounds of the universe, uno se pregunta hasta cuando un grupo con casi treinta años de historia será capaz de mantenerse con la dignidad y la integridad con la que Depeche Mode lo hace en el panorama musical actual. No me malentendáis, el disco contiene momentos muy disfrutables y en absoluto me parece un lunar en su larga carrera, sin embargo quizás ha llegado la hora de retirarse a tiempo antes de que los muchos buitres que acechan esperando un fallo obtengan su recompensa. Y eso con Sounds of the universe se ve más cerca.
Son de Donosti y suponen una bocanada de aire fresco en este verano caluroso donde los haya. Hacen canciones con sonido casi punk pero con melodía claramente pop. La palabra que los define es energía y no son pocos los que ya les han puesto el cartel de ser los Arctic Monkeys españoles. Tras editar dos maquetas en 2006 y 2007, se lanzan con We are love, su primer trabajo serio que encierra siete canciones como siete ganchos directos a la mandíbula.
A Thee Brandy Hips, como a tantos otros, no les queda más remedio que seguir el camino de la autoedición y ofrecen su nuevo disco en descarga directa a través de su página web de la forma en la que Radiohead popularizó: por la voluntad. Y es que aunque las propuestas musicales son cada vez más ricas y más innovadoras, el crítico (agónico) estado del negocio musical tal y como lo conocemos hasta hoy obliga a los nuevos talentos a buscarse las lentejas por el método "yo me lo guiso, yo me lo como". Internet y el boca a boca deben de hacer el resto. Bueno, eso y las canciones.
El ritmo casi punk y las guitarras incendiarias de A song to you, Laure son un punto de partida perfecto para entender la música de estos chicos y practicamente definen el sonido del resto de canciones del disco. Thee young hipster o Denoueix no tienen la pegada de la primera pero siguen siendo potentes temas pop con un ritmo punk casi bailable.
Mr. Thinman es el único descanso sonoro que nos conceden los donostiarras. Una pieza casi acústica que acaba por convertirse en el tema más redondo del disco, y con el que se les intuye un gran talento compositivo sin necesidad de adornos o ruido de artificio. Un tema redondo a la altura de las mejores composiciones del año.
Con Love's not perfect (but at least it's warm) vuelven las urgencias sonoras, con unas guitarras que ahora si nos evocan a los Arctic Monkeys más acelerados. V-Empire es otra pieza pop de apenas tres minutos donde manda la melodía. Cierra el lote una de las más inspiradas, Hummingbird, con una deliciosa parte final adornada con la armónica.
Buen debut, pero, ¿conseguirán atravesar el largo camino que supone hoy en día transcender más allá de la escena casi clandestina en la que se ha convertido el indie patrio? La crisis es para todos, amigos.
Second era uno de esos grupos en tierra de nadie. Un si pero no. Un querer y no poder. Ganar el Global Battle of the Bands en 2004 no fue suficiente y deciden intentar dar el gran paso: cambian definitivamente el inglés por la lengua de Cervantes (en su anterior disco, Invisible, ya incluyen algún tema en castellano) buscando llegar a más gente, tienen detrás el apoyo de Warner con toda su maquinaria y además encargan la producción de su cuarto disco al habitual en este tipo de operaciones de "estética", Carlos Jean. La pose de rock ya la ponen ellos.
Y en cierto modo lo han conseguido. Su repercusión mediática ha aumentado considerablemente incluyendo algunos de sus temas en listas de radiofórmulas, poniendo música a campañas publicitarias o siendo imagen de algún futuro programa de televisión sobre el cúal no me atrevo a investigar más. ¿Y las canciones?
Bien, pues Fracciones de un segundo es un ejercicio de pop británico guitarrero (tranquilos, guitarras de las inofensivas) en el que por momentos intentan acercarse a sonidos más bailables en los que se deja notar la mano de Jean.
Varios meses después de su publicación y con decenas de escuchas a las espaldas mi sensación personal es de estar ante un disco algo irregular, de esos en los que vas pasando las pistas buscando 4-5 canciones incontestables y que el resto te producen indiferencia. En el primer grupo destacan la elegante Rincón exquisito, el tema más redondo del disco que es Conocerte, las más movidas como Rodamos, Dicen o A las 10, y la preciosa y envolvente Nuevos secretos. Por el contrario hay unas cuantas de las que no muerden, de las que no dejan poso alguno, como el flojo single que es Palabras, Para bien o para mal, Todas las cosas (aquí reconozco que hay algo de manía personal después de escucharla en directo como fin de fiesta) o la dupla final, Más suerte y Como sería, que son un intento de recurrir a la épica con sonidos más densos pero con irregular resultado, aunque destacable el intento al menos.
David Cobas es Abraham Boba, un personaje de aspecto peculiar con voz y deje de crooner, pianista y además gallego. Tan importante una cosa como otra. Hace un par de años emergió con su primer disco homónimo en el que se bastaba con su voz y un piano para elaborar canciones que destilaban clase por los cuatro costados. Con La Educación, su segundo largo, abre las ventanas a las guitarras sin perder su halo clásico, casi dramático y se deja ayudar por Paco Loco en una producción grabada de forma analógica.
Su nueva colección suena más compacta, más homogénea que su debut. Se trata de una producción riquísima musicalmente, con unos textos muy cuidados y con la omnipresente y característica voz de Cobas como hilo conductor de unas canciones que, tirando de tópico, crecen vertiginosamente con las escuchas. La incorporación de las guitarras junto con preciosas secciones de viento han dotado a las canciones de Abraham Boba de una profundidad que pocos artistas nacionales son capaces de lograr.
Todo aquel que haya escuchado en alguna ocasión la música de Boba estará de acuerdo conmigo en que no se trata de un sonido fácil para nuestro oído, no creo que nunca lo vayáis a escuchar en una radio-fórmula ni que logre ser disco de oro (ojala!), pero todo aquel que consiga apreciar cada uno de los muchos matices escondidos en sus canciones será capaz de disfrutar al más alto nivel temas como la envolvente La educación (si, en ocasiones tiene cierto "deje" a lo Nacho Vegas), la efectista Hagamos algo antes de morir, los aires a música clásica de la tremenda Caballo y rey (se agradece el aporte de la voz femenina de Laura Gómez), el toque casi gospel en las palmas que presiden Siete veces o el perfecto cierre con una de las mejores letras del disco en Boletín de la montaña.
Se trata sin duda de uno de los albumes más emocionantes y bien hechos de lo que llevamos de temporada. Con el primero amagó, con este sienta las bases para una larga y fructífera carrera. Minoritaria, eso sí.
Vale, a ver si me aclaro. Después de ser uno de los referentes de la escena rock catalana y el ojito derecho de su anterior sello Bcore, The Unfinished Sympathy deciden cambiar. Y lo hacen sustituyendo Bcore por Subterfuge y el casi hardcore melódico que tan bien ejecutaban hasta Rock for food (2004) por otro tipo de trallazos más pop con toques más soul, casi bailables utilizando sintetizadores y samplers varios. Obviamente semejante alteración de los ingredientes característicos del grupo hace que no todos sus seguidores los apoyen. Algunos conseguimos verle la gracia a We push You pull (2006) y adaptamos los oidos para seguir captando la fuerza de sus melodías, dando por sentado que las guitarras han pasado a un segundo (o tercer) plano. Con su nuevo disco, Avida dollars, se supone que deben continuar avanzando por el nuevo camino trazado, pero lejos de hacerlo vuelven sobre sus propios pasos para quedarse en tierra de nadie, ¿se supone que me tengo que volver a acostumbrar a las guitarras?
Regresan las guitarras, o eso dicen en la hoja promocional, porque suenan más agarrotadas que nunca. Si, su mayor activo sigue ahí, porque tienen una facilidad pasmosa para crear melodías pegadizas. Pero lo que antes eran hits instantaneos ahora son temas resultones pero algo artificiales. Sin ir más lejos, Continental drift abre el disco con una energía que otras veces te envuelve pero que en esta ocasión suena edulcorada, casi obligada. Tampoco debemos de ser injustos, el trio inicial del disco roza el notable. La ya mencionada Continental drift, Homedrunk y Give up dig down son tres pepinazos con denominación de origen, aunque ésta no sea su mejor añada. Con Girls, you don't have a heart, We're gonna be parents o Dear diamond juegan a hacer pop con cierto tino. Hooligans in love y You are wrong también consiguen grabar sus melodías en tu memoria durante un par de días, aunque veo más difícil que este disco sobreviva más de un par de semanas en la mía. Palabra de fan mareado.
Casi 50 años de carrera, infinidad de conciertos y sobre todo un buen puñado de clásicos que pertenecen ya a la historia musical de este país definen a Miguel Rios, el sinónimo español del rock & roll. Su inminente retirada de la carretera sirve de excusa para la publicación de este disco tributo más que merecido, en el que muchos de sus amigos y otros cuantos artistas versionan lo mejor de su extenso cancionero.
No soy un gran defensor de este tipo de discos tributo, más bien al contrario me parecen productos de marketing que en poco favorecen por regla general al legado musical del artista. De pocos discos tributo se pueden rescatar mucho más de unas cuantas canciones y en este caso no iba a ser menos, y eso que se trata de un disco doble con 23 temas en total.
Os lo voy a poner fácil, de 23 versiones se salvan de la quema por los pelos Al sur de Granada (Amaral), El sonido de la ciudad (Rosendo), Rocanrol bumerang (Pereza), Raquel es un burdel (si aparece la palabra burdel Sabina se apunta seguro) y Un caballo llamado muerte (Bunbury). Olvidables hay unas cuantas más, pero cabe destacar como mayores decepciones la inofensiva revisión de El rio a cargo de Joan Manuel Serrat o Reina de la noche, la única canción que hace doblete, de la mano de un cada vez más desubicado Ivan Ferreiro.
Pero también es justo decir que hay unas cuantas joyas encerradas en este disco, solo se trata de tener paciencia y escarbar entre la basura. El single presentación de esta colección es una acertadísima Santa Lucía por M-Clan. Quique González pone su granito de arena y de clase llevandose a su terreno El ruido de fondo. Mikel Erentxun tira de oficio en Ella se fue. Y por último mi favorita de lejos, la maravillosa (ésta sí) y enérgica versión que nos regala Rebeca Jiménez de Reina de la noche, que te deja un grato sabor de boca algo irreal de un disco con muchas más sombras que luces.
Un disco más de Wilco, y van siete. Va a ser inevitable que cada disco de la banda de Chicago sea comparado por parte de seguidores y prensa especializada con sus dos obras magnas: Yankee Hotel Foxtrot y A Ghost is Born. Y quizás en la comparación es donde perdamos la oportunidad de disfrutar todo lo que deberíamos sus nuevos lanzamientos. Ya ocurrió con el más que correcto Sky Blue Sky y me temo que va a ocurrir lo mismo con el nuevo y flamante Wilco (the album).
Escuchando el disco da la sensación de que Jeff Tweedy hubiera decidido no dejar a nadie descontento con el lanzamiento de su nueva colección de canciones y es que se atisban aires a casi todos sus discos más emblemáticos: Summerteeth, los anteriormente mencionados A Ghost is Born y Yankee Hotel Foxtrot, e incluso algún medio tiempo con un sonido tan limpio como el Sky Blue Sky. Lo que no se es si finalmente Tweedy habrá conseguido su objetivo.
Solo por el pelotazo inicial nos damos cuenta que ha merecido la pena esperar un par de años para escuchar nuevos temas de Wilco. Y precisamente así, Wilco (the song), se titula el opener y primer single del album. Un tema con pegada que se sostiene con las guitarras habituales y la particular e irresistible voz de Mr. Tweedy. Quizás sabiendo lo que nos espera, Deeper Down, el segundo corte del album, es un medio tiempo que parece huido del Sky Blue Sky y que nos sirve de antesala a la tripleta de más calidad del lote. One Wing suena a clásico desde las primeras notas, desde las primeras palabras de Tweedy uno tiene la sensación de que será una de las fijas en un top ten imaginario de la banda incluso dentro de unos años. Bull Black Nova se erige como sucesora natural de la antológica Spiders (kidsmoke), incluida en A Ghost is born. Una canción con múltiples desarrollos y partes diferenciadas en constante in crescendo. Una delicia sonora y casi de ingeniería. El trío estrella del album lo completa una de sus canciones más pop, You and I, en la que Tweedy comparte vocales con una de las princesas del pop: Feist. Una juguetona melodía hace el resto.
Las rítmicas notas de un piano nos introducen en You Never Know, de la que me fascinan los coros en el estribillo: "I don't care anymore (anymore)". Brillantes. Country Disappeared es otro de los momentos más calmados y a la vez de los más emocionantes de Wilco (the album), lo más parecido a una balada que encontraremos en él.
La guitarra acústica y las sugerentes voces dobladas te seducen y te obligan a quedarte hasta el final en Solitaire. En I´ll fight, sin embargo, la misma guitarra acústica te engaña por un instante, hasta que la banda al completo te invita a gritar, a cantar y a querer disfrutar la fuerza de uno de sus directos, algo que a muchos nos sigue quitando el sueño. Otro de los climax del disco.
Sunny Feeling es una de las más optimistas, una canción casi de verano: "Sunny feeling is taking away". Y cómo me gusta la guitarra del final, muy en la onda psicodélia setentera. El broche final lo pone Everlasting, un tema que va aumentando de intensidad conforme avanza y que me da la sensación de que nos deja a medias, justo en lo mejor, cuando parece que la canción está apunto de estallar y dejarnos boquiabiertos.
Aún así supone un buen punto y final para un disco que, disculpen la comparación, no dejará del todo satisfechos a los que siguen buscando en cada disco de Wilco un nuevo Yankee o un nuevo A Ghost, pero que si lo hará y mucho a los que nos dedicamos a disfrutar las canciones de la que es hoy en día la mejor banda rock del planeta. Enjoy the trip!
Leyendo una de las múltiples críticas que he podido encontrar en los últimos días del nuevo disco de Placebo, me ha llamado la atención que ésta se desmarca de las demás concluyendo que Battle for thesun no supone más variación en el rumbo del grupo que el del cambio de batería. Y ahí difiero bastante. La banda liderada por Brian Molko nunca se caracterizará por unas composiciones optimistas y resplandecientes que nos hagan querer vivir cada día como si fuera el último, pero en Battle for the sun se nota cierta inquietud por dotar a las canciones de una mayor luminosidad y en ocasiones de un toque más festivo con algunos ritmos y coros hasta ahora no asociables al sonido Placebo.
Más allá del hecho (casi irrebatible) de que los 3 primeros discos de la banda alcanzaron un nivel dificilmente recuperable, los discos de Placebo siempre han contenido un buen número de canciones más que interesantes y el resto lo ponía la personalidad y la andrógina e hipnótica voz de Brian Molko. Sleeping with ghost era quizás demasiado denso y disperso y Meds, aunque con unos cuantos temas más que resultones, estaba plagado de dudas que nos hacían plantearnos si el grupo había perdido el rumbo definitivamente. Battle for the sun no viene a resolvernos la incógnita.
El inicio del disco es prometedor. Como nos tienen acostumbrados, el opener del disco es una descarga de adrenalina que sacia las ganas de nuevo material de los británicos. Kitty litter cumple 100% su cometido, queremos más. Ashtray heart y sus coros festivos (en español!) nos aportan la primera dosis de "novedad" en el nuevo disco. Como explicaba antes, se trata de una nueva oscura-luminosidad que no me acaba de encajar demasiado con lo que espero de Placebo.
La canción que da título al album es de corte más clásico, algo más cercano a lo que nos tienen acostumbrados con sus toques atormentados adornados con las incendiarias guitarras marca de la casa. Uno de los mejores temas del paquete. El primer single titulado For what it's worth es otra de las muestras de los temas sonoramente más optimistas donde manda el sónido de las trompetas, que sin embargo tan solo cumple sin llegar al nivel de cualquier single presentación de los anteriores discos de Placebo.
Llegamos a uno de los momentos más destacables del disco, Devil in the details, que como en el resto de casos, alcanzamos aplicando la formula original de Placebo: guitarras estridentes, estribillos rabiosos, letras casi propias de atormentados adolescentes y épicos finales. Esa fórmula que siempre ha funcionado tan bien y que divide casi por partes iguales a defensores y detractores del resultado final.
Parece que la estructura del disco está clara: una canción de corte conservador mezclada con otra con algún tipo de riesgo a lo anteriormente realizado. No se si Bright lights habrá tenido alguna réplica similar en su discografía pero se me antoja el tema más pop del disco. Y no suelen hacer concesiones a ese tipo de sonidos. Talk in tongues es un medio tiempo juguetón y Never-ending why recupera la rabia en las guitarras y los estribillos pegadizos para dar paso a Julien, en la que coquetean con la electrónica de forma bastante acertada.
La recta final del disco está marcada por la irregularidad que caracteriza a Battle for the sun. Por un lado se me antoja del todo prescindible la previsible e insulsa Happy you're gone. La guitarrera Breathe underwater se deja escuchar con el estribillo como mayor activo y con olor a cara-b. El baladón del disco es Come undone, que aunque aparente queda muy lejos de los temas lentos más significativos de la banda como la maravillosa Without you I'm nothing (palabras mayores). El decimotercer y último corte es King of medicine con un teclado que adorna la melodía y que busca un poco de épica para cerrar el segundo tropezón consecutivo de Placebo. ¿Camino de no retorno?
En mi casa sonaban los discos de los Beatles, Bee Gees, Queen, de James Brown, de los Jackson Five y sobre todo los de Serrat. Dicen que cada uno es lo que ha mamado, aunque yo opino que además cada uno pone su propio criterio, incluso siendo un niño. De la misma manera que los Beatles son casi una religión para mí, nunca fuí un gran fan de Queen. Pero tengo una cosa clara: si en mi casa no hubieran sonado las canciones de Joan Manuel Serrat tarde o temprano las hubiera encontrado.
Por edad, del viejo tocadiscos de casa solían salir las notas de sus discos de los ochenta y sobre todo los más populares como los dedicados a los poetas Miguel Hernández o Antonio Machado y Mediterraneo, su obra más reconocible. Pero con los años le he cogido especial cariño a uno del que solo recuerdo escuchar algún tema suelto y que conocí ya por mi propia curiosidad.
Mi niñez, o el Disco Blanco como tambien se le conoce por el diseño de su portada, se publicó en 1970 y es uno de los discos pertenecientes a su época dorada de comienzos de los setenta y es uno de los más vendidos de su discografía hasta la fecha.
El disco lo forman diez de las composiciones más inspiradas del catalán, adornadas con arreglos de cuerda típicos de los años sesenta por los cuáles siento especial debilidad. Dos de los temas, Fiesta y Muchacha típica, fueron censuradas como muchas otras de la época por el régimen franquista. De hecho Serrat, como muchos, tuvo que vivir exiliado en Méjico durante algún tiempo al condenar publicamente el régimen y la pena de muerte.
Pero lo importante, lo que perduran son las canciones y Mi niñez está lleno de grandes temas como Señora, De cartón piedra o una de mis favoritas, Si la muerte pisa mi huerto, que será una de las decenas de canciones de este genio atemporal que figurarán en la lista de las mejores composiciones en castellano del siglo XX.
Javier Molina ha conseguido encontrar su sitio. Dice que no hace mucho tiempo no sabía que era eso de internet, que andaba de lugar en lugar sin establecer un sitio fijo, que como muchos tocaba en la calle o en el metro y que no encontraba su lugar musicalmente. Sin embargo se decidió a existir, a plasmar sus canciones en un formato y así es como nos muestra su primer EP Cuatro canciones para no dormir y una declaración de intenciones, que bajo el nombre de Delanada podemos descargar gratis o por la voluntad en su página web.
Y es que la música si no sales en la tele o en algún reality está muy mal y los artistas prefieren la difusión, aunque sea a costa de malvivir, con el fin de llegar a cuanta más gente mejor.
En estas cinco canciones vamos a encontrar sobre todo sonidos de raiz americana, como el precioso blues que sirve de comienzo a este pequeño viaje (preferiblemente en coche descapotable) que nos propone El blues de los quereres. Los sonidos sureños con un sol de justicia como excusa nos envuelven en Las intenciones, que chasqueando los dedos nos introduce en quizás el mejor y más oscuro tema del lote, Las Horas. Recuerdo que la primera vez que escuché este tema era de noche, estaba cansado y estaba deseando apagar de una vez la pantalla del ordenador. Una hora después seguía igual de cansado, con el mismo sueño pero con una canción impidiendome conciliar el sueño en la cama. Supongo que es lo que pasa con las canciones buenas, las que marcan.
El duo final del EP lo forman las calmadas y evocadoras Road movie peninsular y Los riesgos de ponerse en pie, que ponen broche a una prometedora carta de presentación de un artista del que nos alegramos haya encontrado un lugar desde el que mostrarnos que con ganas y talento todo es más fácil.
"Las horas"
Cuatro canciones para no dormir y una declaración de intenciones (2009)
Quizás Little Hells no esté a la altura de la trilogía inicial de Marissa Nadler ya que el listón estaba muy alto. Algo discutible pero si que la confirma como uno de los máximos exponentes (quizás junto con Joanna Newson) del dream-folk o weird-folk o simplemente de la denominada americana. De padre escritor y madre pintora, a Marissa le dío por seguir la senda de su madre y estudió pintura en la Escuela de Diseño de Rodhe Island. Sin embargo, afortunadamente para nosotros, no tardó en darse cuenta que tenía un talento innato para escribir canciones.
Su música atmosférica, en ocasiones casi claustrofóbica, se nutre con los instrumentos clásicos del folk: desde su predominante guitarra acústica a través de la cual logra mostrarnos con el acierto habitual los pasajes más íntimos del disco (Little hells, Ghosts and lovers o Brittle, crushed & torn), pasando por el piano y teclados como en The hole is wide, secciones de viento y alguna guitarra eléctrica como la que marca el ritmo en el certero single River of dirt. Sin embargo es su embriagadora voz la que transforma sus canciones en hipnóticas.
Las letras de Nadler suelen estar llenas de personajes idílicos con inspiraciones casi medievales que parecen fruto de su imaginación, que junto con las ensoñadoras e intimistas melodías hacen de sus canciones verdaderas experiencias sensoriales como Mistress, el tema que cierra su cuarto disco, otro más en su impecable carrera. Quizás el de la confirmación de que nos encontramos ante una de las artistas con más talento de la excena folk americana. Y si, lo voy a decir: Marissa Nadler es mejor que Joana Newson, aunque lo más cool sea decir lo contrario.
"River of dirt" Little Hells (2009) Marissa Nadler
Decir Will Oldham es decir talento inagotable. Y es que editar 17 discos en los 16 años que abarca su carrera no está al alcance de cualquiera, y menos con el notable nivel de todos sus lanzamientos ya sea firmando con su propio nombre o bajo el refugio de alguno de sus varios seudónimos. Bajo el más conocido de todos ellos, es decir Bonnie 'Prince' Billy, edita Beware, un disco que a pesar de la aparente oscuridad de la que hace gala su portada (además de su característica alopecia galopante) se muestra como uno de sus discos más accesibles.
Con su anterior disco Lie Down in the Light ya nos abrió las puertas de la esperanza sonora con composiciones que dejaban de lado (no del todo) su clásica melancolía que marca buena parte de su cancionero. En Beware los ingredientes son similares a su antecesor: siguen habiendo temas con tonalidades más oscuras o densas como en There is something I have to say, I don't belong to anyone o Death final, pero mandan las letras con un marcado carácter optimista que realmente son las que hacen de Beware un rayo de luz entrando por la ventana de esta lluviosa tarde, tales como Beware your only friend, You can't hurt me now o la preciosa I am goodbye, que fue elegida con gran acierto como primer single del disco.
Eso sí, todas las canciones que componen Beware tienen en común el preciosismo, el mimo en cada detalle, el gusto en cada arreglo, los impagables coros femeninos que acostumbran a enriquecer los discos de Oldham y todo envuelto a modo de regalo por los aires a folk y country americano a los que el genio de Louisville nos tiene (mal)acostumbrados.
A un ritmo de lanzamiento por año, me es difícil ubicar cada disco de Oldham en una escala de calidad que me indique la evolución en su carrera. Lo que es casi indiscutible es que se trata de una trayectoria sin apenas altibajos y que a día de hoy nos muestra a un artista en estado de gracia capaz de regalarnos sus mejores composiciones año tras año sin apenas mostrar signos de agotamiento en su propuesta musical. Si el último disco de Oldham es mejor que el anterior o que el de hace una par de años nos lo dirá el tiempo, si que algún día este hombre nos deja tiempo material para poder echarlo de menos. Mientras tanto, bien por Bonnie!
"I am goodbye" Beware (2009) Bonnie 'Prince' Billy
A la hora de escribir sobre Campeones de Invierno (La Casa con Ruedas, 2009), el disco debut de Carlos Madrid, me he propuesto dos objetivos: uno es no utilizar la palabra influencias y el otro no mencionar a Quique González e Ivan Ferreiro.
Carlos Madrid es un joven autor de apenas 24 años que muestra un gran talento para adaptar unos textos de un altísimo nivel a unas melodías que beben de lo mejor del rock anglosajón y del pop patrio.
Con la participación de Miguel Ángel Ruiz (Guitarras acústicas, guitarras eléctricas, banjo, bajo, hammond, armónica, producción, máster y acelerador de partículas) y el ex-Piratas Paco Serén (Guitarras eléctricas, programación, rhodes, batería, coros y programaciones), Campeones de invierno es un disco que suena familiar, a chimenea encendida con olor a comida casera, a tardes de verano en bicicleta con el mar al final del camino, a viejos discos clásicos sonando en interminables tardes de espera. Campeones de invierno es todo lo que soñamos ser y nunca logramos.
Ese tipo de emociones son las que te hacen sentir el piano y la voz de la inicial y homónima Campeones de invierno, tan solo interrumpidos por una dolorida guitarra eléctrica que nos rasga la melancolía. Bidonville nos hace viajar a Nashville y querer agarrar la guitarra y apoyar nuestra cabeza sobre ella mientras golpeamos el pie contra el suelo al ritmo de la melodía. La percusión y bajo del comienzo de Demasiadas expectativas nos dan la bienvenida a una fiesta de despedida en el tejado de la que salimos con ganas de más. Afortunadamente lejos de la despedida nos encontramos de sopetón con Sobre escaleras y sitios raros, la canción más corta y con más olor a single de todo el disco, con el ritmo marcado por ese teclado que nos acompaña a lo largo de todo nuestro viaje.
El banjo acentúa la melancolía que desprende el quinto corte, Tristura, sin duda uno de los momentos estelares en el disco: “unas veces la letra rima y otras veces no”. Como la vida misma. Un banjo más optimista nos sigue acompañando en Los amores ridículos: “somos figurantes de capítulos antiguos de Los Simpsons”.
Con la mitad del disco desgranado, tan solo la excesiva duración de algunas canciones y del disco en general supone un pequeño borrón, aunque es cierto que mientras escuchas las canciones casi ninguna parece pedir un recorte en el minutaje. Cada cosa parece estar en su sitio.
No hablaremos abre la segunda (y más inspirada) parte del disco. Impagables los coros de Fabián en ésta y en varias canciones más de Campeones de invierno. Velas y balas es uno de los temas más claramente pop del disco que sirve de antesala perfecta al maravilloso poker final que inicia No hay que volver, en la que deja su personal impronta Paco Serén y que por un instante me hace viajar años atrás y vestirme de “Pirata” (dije que no iba a mencionar a Ivan Ferreiro, ¿verdad?). Muertes simultáneas es una delicia en la que Carlos se hace acompañar por Fabián, que además de aportar los coros también canta un par de estrofas: “pude ver mi corazón en los márgenes del cielo”. Los instrumentales cuatro minutos finales de Los hijos violentos hacen de ella una de las mejores canciones que he tenido la ocasión de escuchar durante el presente año, con una parte inicial con piano y voz muy “kamikaze” (también me prohibí hablar de Quique González, ¿no es así?). El punto final al disco lo pone You’ll never walk alone, de título y temática metaforicamente futbolera, que se sostiene tan solo con la voz, una guitarra acústica y una letra de las que se antojan autobiográficas, de las que trasmiten y te hacen ponerte en la piel del autor.
No sé si Carlos Madrid logrará con estas doce preciosas canciones hacerse un hueco suficiente entre la maraña de nuevos artistas que surgen cada día ayudados por la facilidad de difusión que otorga internet, pero yo creo que merece al menos una oportunidad por vuestra parte. Os podéis fiar de mí, al menos no mencioné la palabra influencias…
Es una regla no escrita que cada año sin saber cómo ni por qué surge un grupo/artista que te hace pensar en qué habías estado haciendo antes para no haberte percatado de su existencia. Este año claramente es mi caso con Yuri Méndez (productor habitual de Fabián) y su proyecto Pájaro Sunrise, con el que ha editado su segundo largo titulado Done/Undone, una colección de 22 canciones repartidas en dos discos absolutamente imprescindibles para todo buen amante del folk, del pop y de las canciones con deliciosos arreglos e infinitos detalles que las hacen grandes, muy grandes.
¿Y a quien querer más? ¿A mamá o a papá? ¿Done o Undone? Difícil elección cuando en un lado de la balanza tenemos el pop optimista de Beggar/Lover, la melancolía desbordante de Keep on driving o la dolorosa perfección de Done, y en el otro lado tenemos la posibilidad de sumergirnos en el pop juguetón de Kinda fantastic, ponernos nostálgicos con la más que acertada versión del tema del Boss, Hungry heart o chasquear los dedos al ritmo de la irresistible The king is blue.
Para nuestra suerte no tendremos que elegir, tan solo disfrutar. Y es que aunque resulta complicado encontrar un disco con 22 canciones que no se nos haga largo y difícil de escuchar de una tacada, Yuri lo ha conseguido. Y lo ha hecho dotando al disco de una homogeneidad, creando un sonido propio, que lo hace mostrarse como una obra indivisible y compacta que merece ser degustada en su totalidad, sin prisas, descubriendo con cada escucha nuevos matices y detalles que nos hacen darnos cuenta que no estamos ante un disco más.